Tal como señalamos anteriormente, el Bautismo forma parte del signo y del sello por los cuales la obra de Cristo se ha iniciado en los que por gracia son llamados hijos de Dios. Calvino nos muestra esto al decirnos que:
“Lo primero que el Señor nos propone en Él es que nos sirva de signo y documento de nuestra purificación; o para explicarlo mejor, que nos sirva de carta patentada, que nos confirme que todos nuestros pecados de tal manera nos son perdonados, deshechos, olvidados y borrados, que jamás podrán presentarse ante su acatamiento, ni nos serán recordado o imputados”
Asimismo, es importante recordar que el Bautismo es una forma de limpieza simbólica que se establece desde el Antiguo Testamento y que va acompañado de una profesión de fe. C. Hodge señala:
“El Bautismo, en cuanto acto, no fue una novedad introducida por el Señor, los apóstoles o Juan el Bautista, (…) la práctica de bautizar era muy corriente entre los judíos desde mucho antes de la venida de nuestro Señor –claro está que no en el nombre de la Trinidad; pero sí como un acto de purificación religiosa–; y que en cuanto acto, por lo tanto, nada tenía de humillante o de prueba de discipulado. Cualquiera que fuese el oprobio unido al bautismo, no se debía al acto, método o manera de bautizar, sino a la adjunta profesión de fe en el Nazareno”
La circuncisión fue instituida por Dios mismo como sello y señal del Pacto en la alianza con Abraham. Un pacto es un acuerdo entre dos partes, un compromiso que implica ciertos deberes y privilegios de uno para el otro.
Un pacto es la forma en que Dios tiene una relación con nosotros. Él tomó la soberana decisión de relacionarse con Sus criaturas a través del establecimiento de un Pacto, generado en la Creación por Dios, como Rey Soberano de toda lo creado.
Podemos ver que siempre cuando en la Biblia se habla de Pacto se comienza con la declaración “Estableceré mi pacto”. Esto se observa muy generalmente en Génesis y en Éxodo, y un aspecto que se destaca con ello es que el pacto es unilateral: Dios hace un pacto consigo mismo, pues esto refleja Su carácter, preservando el Pacto con Él mismo, y no con un hombre que falla. Además, existe otro relevante aspecto y es que, aún siendo unilateral en su establecimiento, es bilateral en su realización.
El Pacto se establece desde la Creación, lo cual vemos en Abraham, a quien llama para hacer un pacto eterno de salvación que se extenderá de generación en generación. La Biblia afirma en Génesis:
“Éste es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. (…) Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto”
Notemos la importancia que tiene la circuncisión en el Antiguo Testamento: funcionaba como una señal de inclusión de las personas en el pueblo de Dios, el pueblo de la promesa, de manera tal que todos los que pertenecían a dicho pueblo debían cumplir con aquel requisito. Incluso se señala que los niños debían estar circuncidados dentro de los ocho días de edad para pertenecer a la familia del Pacto, lo cual es una base muy fuerte para el bautismo infantil.
El sacramento del Bautismo, por lo tanto, correspondería a la circuncisión practicada en el Antiguo Testamento y ambos son signos y sellos del pacto. Al respecto Francis Schaeffer señala:
“Esto, por supuesto, es exactamente lo que el Bautismo en el Nuevo Testamento es; y, por tanto, la circuncisión en el Antiguo Testamento era en esa dispensación lo que el bautismo es en ésta. Colosenses 2:11-12 es la prueba final de esto: “En él también fueron circuncidados, (…), en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo”. Siendo esto así, la Biblia declara que la circuncisión del Antiguo Testamento era lo que el bautismo es en el Nuevo Testamento”
Podemos tener la seguridad de que este sello y signo del pacto apunta a la limpieza otorgada por Cristo mismo, en la cruz del calvario.


Carlos Israel

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