15 de noviembre de 2011

La revitalización eclesial restaura primero la enseñanza desde la Palabra

Analizamos la iglesia y desprendimos de aquel análisis la necesidad de una correcta enseñanza de la Palabra de Dios, lo cual se considera marca de una iglesia sana. Por lo tanto, es necesario comprender a cabalidad su concepto.

Hoy en día y dentro de nuestras sociedades, el Cristianismo experimenta una dicotomía por dualismo: la autoridad última se establece por la respuesta a la cultura a que se pertenece y por lo poco que queda de las enseñanzas de las Escrituras, en virtud de seguir filosofías de vida que son incongruentes con la Palabra de Dios. 

En el contexto del Siglo XXI y en todos los contextos posibles, es importante volver a dar el sentido de urgencia apropiado a la “autoridad de la Palabra de Dios”, para que podamos conducirnos de acuerdo a ella. Al respecto, es muy clara la CFW, cuando afirma:

“La autoridad de las Santas Escrituras (…) no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino exclusivamente del testimonio de Dios, (…) , nuestra persuasión y completa seguridad de que su verdad es infalible y su autoridad divina proviene de la obra del Espíritu Santo, quien da testimonio a nuestro corazón con la palabra divina y por medio de ella. (…) El consejo completo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria y para la salvación, fe y vida del hombre, está expresamente expuesto en las Escrituras (…) por lo tanto la Biblia debe ser traducida a la lengua vulgar de toda nación a donde sea llevada, para que morando abundantemente la Palabra de Dios en todos, puedan adorar a Dios de una manera aceptable y para que por la paciencia y consolación de las Escrituras, tengan esperanza. (…) El Juez Supremo por el cual deben decidirse todas las controversias religiosas (…) y en cuya sentencia debemos descansar, no es ningún otro más que el Espíritu Santo que habla en las Escrituras. (…) y esta fe actúa de manera diferente sobre aquello que contiene cada pasaje en particular; produciendo obediencia hacia los mandamientos, temblor ante las amenazas, y abrazando las promesas de Dios para esta vida y para la que ha de venir”
LA CFW es específica y tajante en este tema, mostrándonos nuestra debilidad en este tema en particular. Cada vez que se refiere a la Biblia como autoridad, la CFW da por asumida nuestra subordinación a ella simplemente por el hecho de ser la Palabra de Dios. Afirmaciones como: “La autoridad de las Santas Escrituras, por la que ellas deben ser creídas y obedecidas, (…) porque son la Palabra de Dios”, o “Por esta fe, un cristiano cree que es verdadera cualquier cosa revelada en la Palabra, porque la autoridad de Dios mismo habla en ella” son recurrentes en la CFW. 

Parecería no dejarnos algún tipo de acción frente a ella, pero sí nos deja opción: Dios no es un “tirano” o algún tipo de “opresor”, el Juez Supremo es el Espíritu Santo para iluminar nuestras diferencias desde el texto. La CFW nos muestra las maravillosas consecuencias de vivir bajo la Palabra de Dios diciendo: “el carácter celestial del contenido de la Biblia, la eficacia de su doctrina, la majestad de su estilo, la armonía de todas sus partes, el fin que se propone alcanzar en todo (que es el de dar toda gloria a Dios)”. Estos beneficios explica A. Hodge, diciendo:
“Las Escrituras para los que no están regenerados, son como la luz para los ciegos. Aquellos pueden sentir como estos los rayos del sol, pero no pueden ver plenamente. El Espíritu Santo abre los ojos de los ciegos y da la sensibilidad necesaria al corazón enfermo, y la seguridad viene con la evidencia de la experiencia espiritual. Cuando él regenera un corazón, le presenta la Escritura a prueba de su experiencia, y cuanto más avanza éste, tanto más se convence de que la Biblia es la verdad; y más y más descubre su ilimitada plenitud, su poder vivificante y su propósito evidente de adaptación a todas las necesidades humanas bajo todas las condiciones posibles”
A. Hodge realiza un interesante análisis acerca de este capítulo de la CFW: la demostración más grande de la importancia de la autoridad de la Biblia radica en el hecho de que nos trae vida, nos da sanidad. A través de ella podemos tener certeza de nuestra salvación, y por lo tanto es la que ilumina nuestro propósito, dándonos un mejor entendimiento de lo que hacemos en la tierra.
Es interesante ir descubriendo la evidente lógica que hay tras todo lo expuesto, ya que en el sub-título anterior veíamos la importancia de la iglesia y de sus responsabilidades frente al mundo y frente a los hijos del Pacto, y –sin duda– nada de aquello podría llevarse a cabo con tradiciones o simples costumbres cristianas: la única fuente de autoridad y vida es la que se presenta en las Sagradas Escrituras, tal y como lo dice Pablo a los Corintios.
“… cuando fui… para anunciaros el testimonio de Dios… no fui con excelencia de palabras…Y ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”
Ahora bien, para los cristianos la autoridad última es la Palabra de Dios, fundamento de la elaboración de la teología cristiana y del desarrollo del pensamiento cristiano. Precisamente los cristianos protestantes en la Reforma rechazaron cualquier forma de autoridad que no fuera la Palabra de Dios, revelada en la Biblia, y rechazaron la autoridad suprema del Papa en doctrina y prácticas cristianas, recuperando la autoridad de las Escrituras inspiradas por Dios.

La infalibilidad de la Biblia es un tema muy complejo e importante, y señala que todos los hechos conocidos, todo lo que escribieron los distintos escritores de sus libros, en sus contextos, contiene una unidad de lenguaje e idea que es inspirada por Dios mismo y que –desde este principio– se constituye en autoridad en cuanto a la fe, la doctrina y la ética o la conducta en general, individual y social de todo cristiano.

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