12 de octubre de 2011

La fraternidad cristiana


Es precisamente en este aspecto donde la fraternidad cristiana se ve amenazada -casi siempre y ya desde sus comienzos- por el más grave de los peligros: la intoxicación interna provocada por la confusión entre fraternidad cristiana y un sueño de comunidad piadosa; por la mezcla de una nostalgia comunitaria, propia de todo hombre religioso, y la realidad espiritual de la hermandad cristiana”[1].
Un aspecto importante es el hecho de que la realidad de la comunidad cristiana no tiene que ver con nuestros intereses y sentimientos particulares. Es verdad que como seres humanos llegamos a las comunidades con mucha expectativas de vivir y tener experiencias buenas y cómodas, teniendo una perspectiva muy alta de lo que podremos vivir allí, casi pasando a asignarle el nombre de comunidad terapéutica, donde iré a sanarme o a recuperarme, o a buscar apoyo.

“Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y deben ser destruidos so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales”[2].
Es necesario que tengamos claro que el concepto de comunidad es un realidad dada por Dios de fraternidad, piedad, hermandad, y –por ser una realidad dada por Dios– Él no permite que nuestros intereses humanos la distorsionen y pasen a ser lo más importante. En Su maravillosa gracia, Él refrena eso y constantemente destruye lo que queremos cambiándolo por lo que necesitamos. Él se encarga de mostrarnos la real relevancia de la comunidad cristiana.
Todo cambia y se trasforma profundamente cuando nos damos cuenta de que la base de la comunidad cristiana no está en nosotros sino en Cristo, el fundamento.

“Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino  agradecidos de corazón y aceptando recibir. Damos gracias a Dios por lo que él ha obrado en nosotros”[3].
Al comprender esta realidad podemos recibir libremente y sin ataduras las responsabilidades y los privilegios de ser parte del cuerpo de Cristo. Nuestra perspectiva cambia dándonos un rumbo totalmente distinto y somos agradecidos de la comunidad en la que hemos sido incluidos, porque entendemos el propósito de que haya sido así: no vivir solos y aislados intentando vivir una fe personal y privada.


[1] Ibíd.  p.  18
[2] Ibíd.  p.  19
[3] Ibíd.  p.  20

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