Cuando comenzamos a hablar de comunidad cristiana, nos percatamos de que inevitablemente tenemos que tratar nuestra unión con Cristo, porque fuera de ella no existiría cuerpo, no existiría comunión.
“Porque, como quiera que andábamos extraviados, como ovejas descarriadas, por el laberinto de este mundo, Él nos recogió para unirnos consigo. Cuando oímos hablar de la unión de Dios con nosotros, recordemos que el lazo de la misma es la santidad. No que vayamos nosotros a Dios por el mérito de nuestra santidad, puesto que primeramente es necesario que antes de ser santos nos acerquemos a Él, para que derramando su santidad sobre nosotros, podamos seguirle hasta donde dispusiere; sino porque su misma gloria exige que no tenga familiaridad alguna con la iniquidad y la inmundicia; hemos de asemejamos a Él, porque somos suyos”[1].
Cuando aceptamos a Jesús como Señor y Salvador por medio de la fe, fuimos llamados a una unión con Él. Pasamos a formar parte de su cuerpo en un sentido integral. Pablo lo expresa en Efesios cuando afirma: "porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos"[2].
Cuando comprendemos estos conceptos, entendemos que Dios no sólo nos invita a tener comunión con Él sino también con su Hijo Jesucristo, y ser parte de la comunidad que le adora y le sirve. En esa comunidad nos demanda establecer lazos de amistad, de compañerismo y disfrutar de nuestra unión con Cristo, en su misión y en la nuestra a partir de nuestra vida espiritual.
Esta comunión tiene dos aspectos interesantes de resaltar, uno es el aspecto objetivo: mi unión con Cristo pasando a formar parte de su cuerpo y participando, por tanto, de su propia vida espiritual y su misión. El otro aspecto es subjetivo: mi comunión íntima, personal, diaria con Él por medio de la oración, el estudio de la Biblia y la obediencia.
Jesús ilustró magistralmente este concepto en Juan capítulo 15 al hablar sobre la vid y los pámpanos. Pablo lo hizo utilizando la ilustración de la cabeza y el cuerpo. Ambas ilustraciones vienen a darnos luz acerca de esa unión, que el Libro de Oro llama “unión mística con Cristo”, gracias a la cual nosotros compartimos la vida misma del Cristo resucitado.
Por lo tanto, la base de nuestro compañerismo está arraigada en nuestra unión con Jesús de Nazaret, el Salvador, y tiene muchas implicancias para nuestro compañerismo, nuestras comunidades. Si bien Dios nos salva de manera personal e individual, Él mismo nos inserta en una gran comunidad formada por todos aquellos que han sido salvados individualmente por Cristo, viviendo de manera particular una nueva vida con Cristo y proyectándola en las relaciones unos con otros. De otra manera no existiría comunidad, ya que ella se forma por todos los que han sido unidos por Cristo, en su misión.
“Probablemente no exista ningún cristiano a quien Dios no conceda, al menos una vez en la vida, la gracia de experimentar la felicidad que da una verdadera comunidad cristiana. Sin embargo, tal experiencia constituye un acontecimiento excepcional añadido gratuitamente al pan diario de la vida cristiana en común”[3].
Comunión expresa la relación especial que los miembros de este cuerpo tienen con Dios y cada uno de ellos entre sí. Esta es una relación que existe al margen de la distancia geográfica, las diferencias culturales, el punto de vista doctrinal que sostengamos o nuestros diferentes énfasis denominacionales.
Esta relación especial va más allá de la relación que se establece con otros miembros de una comunidad local. Es realmente una relación de alcance universal con todos y cada uno de aquellos que han sido incorporados por la fe al cuerpo de Cristo. Y esto es un hecho que se vive al menos una vez, tal como lo explica Bonhoeffer.


Carlos Israel

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