La unidad de la Iglesia es uno de los temas centrales del Nuevo Testamento, y es descrita como un objeto de fe, según el eterno propósito de Dios, que será perfeccionada en Cristo Jesús, y no sólo perfeccionada, sino también concretizada en Él. Herman Hoeksena nos proporciona una definición sobre este tema, al afirmar:
“Por unidad de la iglesia, queremos decir que existe solamente una iglesia y que los miembros de esa iglesia están perfectamente unidos en un vinculo de afinidad y comunión espiritual, de forma que forman un cuerpo espiritual”[1]
Vemos varias veces en el Nuevo Testamento la explicación de lo orgánico de la Iglesia comparándola con el cuerpo de Jesús, siendo ésta una metáfora muy útil para describir a la Iglesia.“Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”[2].
En su libro “O culto espiritual”, Augustus Nicodemus expone sobre la unidad de la Iglesia como una realidad orgánica, señalando:
“Pablo inicia su enseñanza sobre la unidad orgánica de la iglesia introduciendo una metáfora del cuerpo humano (…) el cuerpo humano tiene muchos miembros diversos y variados, pero ellos forman un solo cuerpo. Esa es una excelente metáfora de lo que es la iglesia de Cristo. Ella tiene muchos y variados miembros, dones misterios y realizaciones. Al mismo tiempo dentro de esa inmensa variedad, la iglesia encuentra su unidad. Así, ella es un organismo vivo, el cuerpo de Cristo. Sus diversos miembros están de tal forma unidos entre sí que forman una unidad”[3].
De la manera en que Dios Padre está en nosotros y nosotros estamos en Él, Jesucristo está en nosotros y nosotros estamos en Él, y el Espíritu Santo está en medio de nosotros y nosotros en Él. Por lo tanto, la Iglesia como “cuerpo” está en Cristo y Cristo en ella para el logro de una unidad inquebrantable, indestructible y permanente.
Jesús mismo pronunció las siguientes palabras:
“Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros”[4].
Si nosotros entendiéramos la iglesia “sin Su presencia”, “como un Dios sólo trascendente y no inmanente”, entonces tendremos una institución social que alberga a personas para conseguir metas personales. En cambio, cuando la iglesia es entendida “con Dios” y “junto a Dios”, se trasforma en una unidad orgánica que busca glorificar a Dios y gozar de Él para siempre; que busca mantener vidas activas, llenas de esperanza, con una visión diferente de la vida. La iglesia se trasforma en un refugio espiritual, en un espacio donde los necesitados son bienvenidos, en un hogar para los carenciados, en cobija para los desamparados, porque será una familia sustentada por Dios para servir.
La iglesia que entiende esta unidad se esconde detrás de la cruz y se crucifica con Cristo, para que con Cristo también sea levantada victoriosa del olvido y del anonimato ante el mundo que no lo conoce, y el cual no lo verá sino en ella y a través de ella.
Ahora nos podríamos preguntar: ¿es posible estar fuera de la iglesia y ser un buen creyente? Esta es una pregunta muy frecuente en los medios cristianos, y puede parecer un buen cuestionamiento lógico; sin embargo, la Biblia es clara en responder a esta pregunta con un rotundo “No”, proclamando: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”[5].
Alguien que conoce a Cristo y es adoptado como hijo, es también parte de la familia de Dios, pertenece a su iglesia. Observemos en los inicios del Cristianismo la forma en que se evidencia esa actitud de unidad y comunidad de enseñanza, de comunión, de solidaridad y de intercesión. Lucas nos muestra una dinámica interesante que ocurría en la iglesia primitiva:
“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”[6].
Podemos ver un modelo muy claro de lo que es iglesia en sus inicios. Lucas nos relata cuál era el concepto de iglesia que tenían los primeros cristianos, y el ejemplo es gravitante para nosotros: ellos perseveraban todos juntos en: la doctrina (didach/|), el partimiento de pan (kla,sei tou/ a;rtou), las oraciones (proseucai/jÅ), la comunión (koinwni,a|() unos con otros…
Desde la perspectiva de Dios esto era grato: a Él le agrada que los cristianos estén unidos y vivan en unidad. En Hechos se nos recalca esto al mostrar la repuesta de Dios frente a estos sucesos, pues se señala que “El Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Vemos que Dios se agradaba de esta costumbre y respondía favorablemente a sus hijos. Debemos recordar que este es el texto más usado para no realizar un testimonio público, ya que la articulación de estas características en las cuales se involucraba el pueblo de Dios era eficaz en la unión al cuerpo de Cristo.
Él envía a Sus hijos a la iglesia, a esa unión. Entonces, ¿por qué nosotros deberíamos vivir aisladamente como cristianos, si el Señor mismo nos une a una comunidad?


Carlos Israel

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