Al entender la unidad de la iglesia y su carácter, recae sobre nosotros una responsabilidad de accionar en ella, de cumplir con las expectativas de Dios.
Nuevamente la Confesión expone claramente esta responsabilidad, diciendo que la iglesia “se compone de todos aquellos que en todo el mundo profesan la religión verdadera, juntamente con sus hijos, y es el reino del Señor Jesucristo, la casa y familia de Dios, fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación”[1].
La Confesión dice que fuera de la iglesia no hay ninguna posibilidad de salvación, lo cual nos demanda o nos llama a ser una agencia misionera: predicar todo el Evangelio de Jesús, lo cual incluye vivir concretamente las demandas del Evangelio practicadas inicialmente por los apóstoles y discípulos, como nos muestra Lucas en sus relatos.
A.B. Kuiper afirma que muchas veces, equívocamente, se consideran ciertos asuntos como opuestos absolutos, cuando en realidad se complementan entre sí. En esta discusión, él señala que “de igual manera, cuando se presenta la pregunta si la tarea de la iglesia es edificar en la fe a sus miembros o llevar al Evangelio a los que están fuera de la iglesia, algunos escogen una de ellas con la falta de equilibrio. La iglesia debe hacer ambas cosas”[2].
Por lo tanto, la iglesia debe cumplir este doble rol: (1) su responsabilidad para con los de adentro, y (2) su responsabilidad para con los de afuera.
Su responsabilidad para con “los de adentro”
Uno de los grandes desafíos de la iglesia es dar cuidado especial a los que están dentro de ella, a los que pertenecen a la comunidad del Pacto, a los que se han unido a la iglesia visible.
Esta comunidad del Pacto experimenta que Dios cumple Sus promesas en sus vidas y familias, y desde la obediencia a Sus demandas buscan glorificar el nombre de su Señor.
Kuiper nuevamente nos da luces sobre este tema, señalando:
“El que quisiera evangelizar a los de afuera de la iglesia mientras descuida la edificación de los que están adentro de la iglesia es semejante al padre de familia que, movido por una gran compasión, se esfuerza por alimentar a los desnutridos hijos de sus vecinos, pero que descuida hacerlo con los suyos propios, olvidando la seria advertencia del inspirado apóstol: “porque si alguno no provee para lo suyo, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1ª Ti. 5:8)”[3].
La Biblia nos llama a cuidar de las enseñanzas que nos apasionan y nos dirigen en esta vida, a apasionarnos por la misión, por el Evangelio del Reino[4], por anunciar las buenas nuevas de redención. La situación debería ser que entre más trabajamos con los de adentro, mayor debería ser la expansión y acercamiento del Reino de Dios en las iglesias, ya que el dinamismo generado por la convicción en la Palabra de Dios, hace que la motivación sea colectiva, porque la Palabra[5] crece y prevalece.
Esto tiende a no extinguirse fácilmente, y es justamente aquí donde los principios se van entremezclando unos con otros: justamente en la medida en que seamos uno, en la medida en que juntos nos nutramos de la Palabra de Dios, el Evangelio del Reino se hará un estilo de vida que proyecte la luz de Cristo en cada uno de nosotros.
Su responsabilidad para con “los de afuera”
Cuando entendemos la responsabilidad que tenemos como pueblo del Pacto de redención, entonces nuestra manera de ser iglesia cambia completamente de paradigma, tal como señala Bosch:
“La iglesia no podía ser ni el punto de partida ni el objetivo de la misión. La obra salvífica de Dios procede tanto de la iglesia como de la misión. No podemos subordinarla misión a la iglesia ni la iglesia a la misión; más bien, ambas deben ser incluidas en la Missio Dei. La iglesia ya no es una identidad que envía sino la enviada”[6].
Es parte de la misión de Dios y no la misión de la iglesia enviar a personas. La iglesia se une en el proceso de evangelización, en su contexto, presentando el Evangelio de manera dialogante. Tenemos una responsabilidad con los que están afuera, la iglesia tiene el desafío de involucrarse en la cultura y dialogar con ella con la intención de redimirla, articulando una proclamación más pertinente del Evangelio.
Hay una relación importante entre la cultura y misión de Dios. La inserción del misionero en un determinado país y, particularmente, en su propia cultura, es de vital importancia para la evangelización: la iglesia debe insertarse en el mundo sociocultural de aquellos a quienes es enviado, superando los condicionamientos de la propia cultura y de su ambiente de origen, para cumplir con su meta mayor: “predicar todo el Evangelio”.
La Iglesia es por naturaleza universal, católica[7], pues Cristo tiene pueblo en todas las naciones. Es preciso dar testimonio de Jesucristo en todas las culturas, obedeciendo el último mandato: “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones”[8] y confiando en la promesa “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”(Hechos 1:8). Por ello, la dimensión universal es un elemento constitutivo de la misión y del ser iglesia.


Carlos Israel

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