John Kromminga afirma que “una manera válida e instructiva de describir la iglesia cristiana es definirla como una comunión o confraternidad estructurada”[1], lo cual se puede apreciar desde el Nuevo Testamento cuando Jesús utilizó la figura del cuerpo[2], donde la cabeza es Cristo y nosotros somos los miembros de Su cuerpo. Podemos observar que en la mente de Jesucristo existía una estructura particular de lo que sería la iglesia del Señor, y lo mismo podemos ver como una sombra en el Antiguo Testamento, con Moisés estableciendo estructuras para guiar al pueblo.
“A solo un pequeño paso de esta identificación central de la iglesia está el hecho de que es una confraternidad estructurada por la Palabra y por los sacramentos. Estos son los medios centrales por los cuales Cristo es comunicado a los miembros de la iglesia y por los cuales Él mismo mantiene unidos entre sí. Pero subordinadas a estas fuerzas formativas y partiendo de ellas, hay otros patrones que dan a la iglesia su estructura. Históricamente, y con buena razón, se ha considerado que estos son la confesión, la constitución, el culto y las actividades de la iglesia”[3].
Según podemos comprender, una iglesia toma forma en la medida en que la Constitución, la Confesión, el Culto y las actividades se articulan en conformidad a la Palabra y los Sacramentos. Por lo tanto, es de mucha importancia entender la valía que tienen los Sacramentos y la Palabra de Dios en conformidad con la Confesión de Fe, con la finalidad de ser capaces de hacer una reflexión crítica en cuanto al valor de la Confesión en una determinada estructura eclesial.
Creemos que la confesionalidad hace parte importante dentro de nuestra eclesiología, ayudándonos y dándonos un marco teórico por el cual conducirnos.
Su utilización se remonta al Nuevo Testamento, y la palabra en la cual nos basamos es homologein:siendo una combinación de “mismo” y de “hablar”, su significado básico es “decir la misma cosa”[4]. Cuando estudiamos el uso de esta palabra en el Nuevo Testamento, podemos ver que es más amplia que una breve fórmula de palabras, y que “decir” es más que escribir una confesión sobre el papel, y es aún más que recitarla con nuestros labios.
“La confesión es la respuesta a lo que alguien ha dicho. (…). Cuando la iglesia confiesa responde a Dios. La confesión es la repuesta de la iglesia a lo que Dios ha dicho. “confesar” es muy similar a “creer”. Lo que uno cree y lo que confiesa tienen el mismo contenido (1 Juan 4:2 y 5:1). Pero hay un grado de indiferencia; “confesar” está más involucrado con el testimonio y con la acción. Se puede decir que la confesión es la expresión de lo que uno cree”[5].
La mayoría de sus usos en el Nuevo Testamento se relacionan con confesiones de fe, confesiones de respuesta a lo que Dios está entregando, confesión de credibilidad en lo que está aconteciendo. En el Nuevo Testamento, donde encontramos fundamentado todo esto, podemos observar que las confesiones por parte del pueblo van desde la confesión de pecados, de acuerdo con el análisis de Dios (1ª Juan 1:9); un sacrificio de alabanza a Dios (Hebreos 13:15); un acto de confesión obediente –una entrega gozosa– que alaba a Dios (2ª Corintios 9:13); y una declaración de carácter doctrinal (Hechos 23:8). Estas palabras se refieren con frecuencia a las creencias más básicas de los cristianos del Primer Siglo: eran confesiones que declaraban externamente una realidad interna, en su sentido más simple y a su vez en el más profundo, resumiendo frases como éstas: Jesús es el Señor, Jesucristo se ha encarnado, Jesús es el Hijo de Dios[6].
En el Nuevo Testamento la confesión tiene una importancia trascendental, y tiene un foco central que involucra una amplia variedad de expresiones.
En la continuidad de la Historia podemos observar el uso de las confesiones en la Iglesia Primitiva, pues desde sus inicios la iglesia cristiana continuó formulando confesiones. La pregunta básica para confeccionarlas era ¿qué significa confesar a Jesucristo como Señor en nuestros tiempos y en nuestras circunstancias? A causa de la respuesta, sus confecciones fueron mucho más elaboradas, y –de cierta manera– evolucionaron a un siguiente nivel, pues las confesiones tan simples como Jesús es el Señor fueron fuertemente cuestionadas y atacadas, dando inicio a las herejías. Por lo tanto, la Iglesia se vio en la necesidad urgente de elaborar documentos que contrarrestaran esos cuestionamientos, a los cuales llamaron confesiones, y se componían dentro de un sínodo que se reunía para definir puntos de disputa doctrinal.
“El primero de éstos es el bien conocido Credo de los Apóstoles. Este es, como lo saben casi todos los cristianos, una declaración breve y muy simple. El segundo de estos antiguos credos es el llamado credo niceno, el cual surgió de una temprana controversia sobre la trinidad”[7].
Las confesiones vienen a cumplir un papel fundamental en la vida de la Iglesia al ser respuestas expuestas categóricamente sobre verdades que estaban siendo cuestionadas. Por lo tanto, las confesiones vienen a expresar la verdad bíblica cuando está siendo atacada, y éste es el sentido de las confesiones: una expresión que nos da claridad y guía. La Iglesia debía declarar de tiempo en tiempo lo que las confesiones expresaban en cuanto a las Escrituras y de lo que se entendía por fe de ellas.
En el último gran periodo donde encontramos redacciones de confesiones fue en el periodo de la Reforma Protestante. La misma pregunta que se hicieron los cristianos del Primer Siglo es la que se hacen los reformadores: ¿qué significa confesar a Jesucristo como Señor en nuestros tiempos y en nuestras circunstancias? Y, nuevamente, encontramos que estas confesiones fueron mucho más extensas que las del Primer Siglo, puesto que las controversias que se generaron en esta época generaron la necesidad principal de dar una respuesta contundente, por parte de los cristianos, en base a su comprensión bíblica.
“Muchísimas confesiones se escribieron en los 130 años que mediaron entre que Lutero clavara sus noventa y cinco tesis y la adopción de la Confesión de Fe de Westminster. Más aun, cada una de estas confesiones era mucho más larga que el Credo de los Apóstoles o el credo Niceno”[8].
La misma respuesta de Lutero ante la certeza bíblica se podría considerar una confesión, pues en las 95 tesis, él estaba haciendo una defensa de la verdad que encontró arraigada en las Escrituras. En esa época la Iglesia Católica Romana, por ejemplo, proclamaba la salvación por obras, mediante la compra de indulgencias. Lutero fue cautivo por la Palabra, entendió que la salvación era por fe, y su respuesta ante esto fue una confesión, una declaración, que mostraba cuán errada estaba aquella doctrina católico- romana.
Como podemos observar a simple vista, las confesiones que se utilizaron en la Iglesia Primitiva sirvieron como base teórica para sustentar las confesiones frente los nuevos cuestionamientos. Sin embargo, esas confesiones no respondían a los cuestionamientos planteados en épocas posteriores, siendo una respuesta limitada, porque no existían esas interrogantes en el momento en que fueron confeccionadas. Por lo tanto, las confesiones necesitaban una contextualización para dar nuevas respuestas a nuevos cuestionamientos, y eso fue un desafío de grandes proporciones para la Iglesia del Siglo XVI.
En la Reforma Protestante encontramos tres objetivos claros en cuanto a la confección de las Confesiones:
“En cuanto se refería a distinciones, ellos trataron de diferenciar a las iglesias protestantes de la iglesia Católica Romana la cual, creían ellos, había caído en grave error. El segundo gran objetivo de los escritores de las confesiones era enseñar. Y en tercer lugar, había varios asuntos doctrinales que había surgido en las nuevas Iglesias protestantes y que reclamaban una declaración oficial”[9].
Podemos ver el extenso trabajo por parte de los reformadores para exponer las verdades bíblicas por medio de Confesiones, de una manera muy pedagógica, y la gran labor de aquella época ha repercutido significativamente hasta hoy. Sin embargo, esas Confesiones de Fe respondieron de manera eficaz a un momento histórico especial en el que la Reforma Protestante desenvolvió su desarrollo, “pero aun es cierto que las confesiones que produjeron hombres grandes y nobles en esa época no sobrepasaron más allá de esa misma época”[10].
Es muy importante notar este hecho, pues así como sucedió con las confesiones de la Iglesia Primitiva, que no eran capaces de contestar los problemas que enfrentó la Reforma, hoy vivimos la realidad de que sus confesiones no sobrepasan su momento histórico. De esta manera, no es que desestimemos el valor de dichas confesiones, y es imprescindible que esto quede muy claro, porque entendemos que aunque no respondieran a la época de la Reforma, las confesiones de la Iglesia Primitiva fueron sin duda alguna un marco teórico referencial central para la Reforma, y juntas nos dan un marco referencial primordial para nuestra propia época. Sin embargo, no responden a cabalidad los cuestionamientos que otras épocas enfrentan, como por ejemplo:
“La Reforma protestante no discutía fundamentalmente la presunción de la edad media de que toda Europa (…) era cristiana. Se consideraba que las sociedades eran cristianas, los gobernadores cristianos y el pueblo bajo en general era cristiano. Como una consecuencia de la aceptación de esta perspectiva, estas confesiones se ocupaban del asunto de la relación de la iglesia y del Estado de una forma que no podemos encontrar plenamente satisfactoria el día de hoy. Sus respuestas pueden ser fundamentalmente acertadas; pero para decir lo menos, la manera en que estas respuestas están establecidas no ajusta con la separación de iglesia estado sin la cual muchas de las iglesias de hoy difícilmente podrían seguir existiendo. Y a causa de la mima presunción de que la sociedad era cristiana, estas confesiones no prestaron ninguna atención a las misiones, lo cual nosotros sentiríamos necesario hoy”[11].
En esta perspectiva y tal como vimos en el capítulo anterior, la sociedad de hoy en día se ha trasformado: no vivimos en la época de la Iglesia Primitiva ni formamos parte de la situación histórica de la Reforma Protestante ni de la Modernidad, nuestros sistemas de pensamiento han cambiado, y –por ende– las preguntas, cuestionamientos y objeciones a las verdades bíblicas se han transformado. No podemos pretender dar respuesta a nuestras interrogantes con respuestas del siglo pasado, y es por eso que se hace imprescindible la reformulación de las respuestas. En otras palabras, necesitamos revitalizar nuestras confesiones, re-oxigenar nuestras convicciones y contextualizar las declaraciones de fe para nuestra cultura. En este sentido, el principio de las confesiones no se ha perdido y hoy más que nunca necesitamos preguntarnos, tal como se preguntaron los cristianos y padres del Primer Siglo, así como los propios reformadores: ¿qué significa confesar a Jesucristo como Señor en nuestros tiempos y en nuestras circunstancias? Tal pregunta demanda una respuesta clara, un trabajo riguroso de parte de nosotros.
Una de las interrogantes que nos surgen es: ¿cómo revitalizar nuestros sistemas confesionales?, y John H. Kromminga responde:
“El escribir una nueva confesión es, en verdad uno de los posibles medios de revitalizar las confesiones. Una confesión que se adaptara a las necesidades del presente como las confesiones de la Reforma se amoldaron a las necesidades de su propio tiempo, bien podría resultar ser un punto de unión para la iglesia. (…) pero hacer que las confesiones vivan no es algo que tenga que esperar hasta que se escriba una nueva confesión. Otra y más básica respuesta se relaciona con lo que hemos dicho antes. El corazón de la confesión de la Iglesia es que Jesús es el Señor”[12].
Este espíritu que adoptaron los reformadores es el mismo que debemos tener en cuenta cuando revisamos nuestras confesiones: “Jesús es el Señor”, teniendo esta declaración muchas implicancias concretas. Lo central de revisar nuestras confesiones es que se le devuelva a Cristo el lugar central, y que desde esta perspectiva podamos sumar en el trabajo confesional, apuntando a dar las respuestas que nuestro Siglo XXI necesita escuchar.


Carlos Israel

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