3 de mayo de 2011

Las marcas de la iglesia, la tradición estática y el estar “siempre reformándose”

Ecclesia reformata semper reformanda” es un principio característico de la Reforma y es el sincero desafío de estimular a constantes revisiones lo que se está haciendo o sosteniendo como verdad por parte de la iglesia.

“Es impresionante que los reformadores hayan tenido la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la Palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no tenían ilusiones de haber concluido la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber hecho un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber dicho la última palabra per saecula saeculorum”[1].

Como podemos apreciar, los reformadores tenían un énfasis marcado al afirmar y destacar que la Reforma no terminaba con ellos, sino que continuaría al tener constante cuidado de no caer nuevamente en el dogmatismo y volver a anteponerlo a las Escrituras. Ellos no estuvieron dispuestos a dejar la Iglesia de la manera pecaminosa y oscura en la cual estaba desarrollándose, y por ello lucharon por una forma de resguardar a la Iglesia y de dar el poder y la libertad para que cada uno de nosotros pueda cuestionar el accionar de la Iglesia como comunidad, como institución, a través de la libre interpretación, el sacerdocio universal y el avance progresivo al ir consiguiendo la restauración y recuperación de la Iglesia.


En este sentido Juan Calvino hace un fuerte hincapié en la supervisión constante de la Iglesia, señalando que “Es necesario que retengamos y juzguemos rectamente las marcas de la Iglesia”:

“Nos es, pues, necesario retener con gran diligencia las marcas de que hemos hablado, y estimarlas como el Señor las estima. Porque no hay cosa que      con más ahínco procure Satanás que hacernos llegar a una de estas dos cosas: o abolir las verdaderas marcas con las que podríamos conocer la Iglesia de Dios, o, si esto no es posible, inducirnos a menospreciarlas no haciendo caso de ellas y así apartarnos de la Iglesia, para que no seamos engañados con el título de Iglesia, es menester que examinemos la tal congregación que pretende su nombre con esta regla que Dios nos ha dado como piedra de toque: si posee el orden que el Señor ha puesto en su Palabra y en sus sacramentos, no nos engaña en manera alguna"[2].
Para el reformador Juan Calvino las marcas de la Iglesia verdadera son la predicación de la Palabra y la correcta administración de los sacramentos, los cual se deduce porque él se refiere a la posesión del orden con el que Dios nos ha regulado. Sin embargo, es clara una verdad: no podríamos saber si se está administrando correctamente la Iglesia si no cuestionamos o no tenemos la capacidad crítica de volver constantemente a las Escrituras y preguntarnos si estamos en lo correcto.

Adicionalmente, observemos el siguiente comentario sobre lo inconcluso de la Reforma:

“La revisión constante de la Iglesia se hace por medio de reflexión bíblica y teológica, siempre en espíritu de oración y dependencia del Espíritu de Dios. Las Iglesias protestantes nunca deben estar satisfechas consigo mismas, nunca deben decir ‘ya está completada la reforma de la Iglesia’. Varios profesores de teología nos dicen en sus libros: a) El juicio comienza por la casa de Dios (1ª Pedro 4:11); b) Debemos luchar contra la falsedad que pueda haber en nuestro discurso al mundo (Reinhold Niebuhr); c) La Reforma no fue completada en el siglo XVI. Esta nunca se completa; no se puede hacer del Protestantismo un sistema cerrado; d) No tenemos una voz "infalible" que silencia las otras voces con decretos "irreformables". Es quizá éste último punto en que diferimos con la Iglesia Católica Romana porque cuando se habla de una revisión y juicio a la Iglesia romana ellos tendrían que insistir que la iglesia no necesita reforma en ningún sentido básico, que por su naturaleza es irreformable y sus dogmas son infalibles[3].
Este principio es muy importante dentro del mundo reformado y es un legado que nos devolvió la autonomía y que nos liberta permanentemente del tradicionalismo estático que tanto combatió la Reforma.

De esta manera, comprendemos que la Reforma nos legó una visión dinámica de la Iglesia como el organismo vivo que es. Fue una experiencia histórica de espontánea creatividad de un cambio, y así vitalizó y debería seguir vitalizando a la Iglesia, evitando que la institucionalización produzca un cuerpo poco flexible a la voz del Espíritu, sin capacidad para sorprenderse. En muchos casos, ese negativo proceso termina en un estado decadente de “arterioesclerosis institucional”[4]:

“Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del Siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la "fortaleza teológica" de su ortodoxia inflexible. Contra eso, los ataques de pensadores como Lessing fueron devastadores. En el Siglo XX, volvió a surgir con gran dinámica el principio de ecclesia reformata semper reformanda[5].
Debemos señalar que en ningún momento estamos apelando a un libertinaje, sino todo lo contrario: cuando la Reforma declara “iglesia reformada siempre reformándose” está proponiendo un sistema de permanente actualización, de regreso a la Escritura, a la base bíblica de sus convicciones. Bajo ninguna circunstancia se debe entender la pauta “iglesia reformada siempre reformándose” alejada de la Biblia, pues sería un gravísimo error actuar de esta manera.

Necesitamos dogmas o doctrinas pero sin dogmatismo. No podemos ser esclavos de las doctrinas, no podemos ser esclavos de nuestras propias invenciones, debemos ser capaces de cuestionar todas las teologías y de reformarnos en estas aéreas, pues la verdadera teología nace de la Biblia, y ella es un constante manantial de enseñanzas que nos sorprende día a día en nuestro encuentro con ella. Como hijos de Dios y como Iglesia necesitamos tradición pero sin tradicionalismo, autoridad sin autoritarismo, añadiendo instituciones sin institucionalismo[6].

Por medio del llamado al libre examen de las Escrituras, el Protestantismo evangélico fue manteniendo el espíritu de la Reforma. En ese sentido, es muy importante considerar las palabras de Juan Stam: 

“¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma? (1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, tan caras para los reformadores. (2) Nos llaman al continuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la Palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del Pueblo de Dios y de la teología.  (3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana.  En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia, “En lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad"[7].
El espíritu de la Reforma del Siglo XVI impuso la marca de una constante renovación por medio la Palabra. Nosotros en la actualidad estamos luchando por muchos asuntos por los que la Reforma luchó, y es por eso que debemos hacer un esfuerzo por vivir vidas críticas y no pasivas. Como decía Lutero, sometidos “a una conciencia cautiva de la Palabra”, capaces de tener un discurso primeramente auto-crítico, para que podamos ser capaces de ver en qué estamos fallando, y en segundo lugar un espíritu crítico en relación a las diferentes posiciones y tendencias que en la actualidad están imperando con cada vez más fuerza. Como protestantes siempre tenemos algo que decir con respecto a lo que está pasando a nuestro alrededor: ésta es nuestra herencia, no podemos huir de ella.


[1] Ibíd.
[2] Juan CALVINO. Institución de la religión Cristiana. L.IV. C.I. 1.1, p. 813
[3] José VELAZCO. La iglesia según la tradición calvinista reformada. En http://www.iglesiareformada.com/Velazco_Iglesia_Calvinista.html, el día 8 de noviembre de 2009
[4] Juan STAM. Óp. Cit.
[5] Ibíd.
[6] Ibíd.
[7] Juan STAM. Óp. Cit.

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