Uno de los aportes principales y fundamentales de la Reforma del Siglo XVI fue la enseñanza del sacerdocio universal de todos los creyentes, la cual fue una herramienta estratégica para combatir la división entre el pueblo y la iglesia, entre laicos y ministros. Los reformadores enfatizaron mucho a este respecto, y Walter B. Shurden lo resume de la siguiente manera:
“(1) Delante de Dios, todos los creyentes tenemos la misma posición, un sacerdocio al que entramos por la fe y el bautismo. (2) Como compañero y hermano en Cristo, cada creyente es un sacerdote y no necesita un mediador fuera de Cristo. Tiene acceso a la Palabra. (3) Todo creyente es un sacerdote y tiene un ministerio de ofrecer sacrificios, no el de la misa, pero el ofrecimiento de sí mismo para alabanza y obediencia a Dios y para llevar su cruz. (4) Cada creyente tiene el deber de compartir el evangelio que ha recibido”[1].
En este sentido podemos apreciar que la barrera que distinguía al clero de las personas comunes y corrientes hacía que el pueblo se volviera un agente pasivo en la obra de Cristo. Lo que los reformadores rescataron fue la actividad del pueblo y su inclusión como agentes de la misión de llevar el Evangelio a toda criatura, quitando así la mentira de que sólo los más doctos pueden interpretar las Escrituras, y señalando que todas las personas deben tener acceso a ellas. Sin embargo, el acceso liberador no se remite a la lectura, sino que alcanza la autonomía de estudiarlas y extraer su mensaje. Éste elemento era el que no se daba con el Catolicismo romano, donde se creía –y continúa creyéndose– que los clérigos tenían el acceso privilegiado para conocer y trasmitir la verdad que sólo ellos entendían.
Jürgen Moltmann nos muestra el énfasis que los reformadores establecieron con este principio:
“El redescubrimiento hecho por la Reforma protestante del "sacerdocio universal de todos los creyentes", puso en claro que la llamada del evangelio se dirige a cada uno. Todo el que cree y espera está vocatus y tiene que poner su vida al servicio de Dios, tiene que colaborar al reino de Dios y a la libertad de la fe. Para los reformadores, esta llamada se hizo concreta, en la vida terrena, en los "oficios" o profesiones. En los oficios terrenos la misión y la llamada de la cristiandad se despliegan, por así decirlo, dentro del mundo, en servicios, encargos y carismas prestados a la tierra y a la sociedad humana”[2].
Por lo tanto, el marcado énfasis que busca la Reforma respecto al sacerdocio universal parte desde la responsabilidad que tenemos como personas llamadas y adoptadas como hijos de Dios, y de la colaboración en la obra de la expansión del Reino de Cristo en la tierra. Así, esta doctrina contiene la premisa de que todo cristiano ha sido capacitado para toda buena obra, y esta capacitación indiscutiblemente nace de las Escrituras, de su comprensión y de su estudio, tal como dice Pablo a Timoteo al afirmar que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”[3]. Por lo tanto, la comprensión de esta doctrina es imprescindible para nuestra protección respecto de aquello que los reformadores reconocían definitivamente como nocivo para la salud de la iglesia: el autoritarismo, el clericalismo y todas sus derivaciones, las cuales muchas veces existen de manera encubierta pero sólo dañan a la iglesia del Señor. Tal como comenta J. Stam:
“El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la evolución de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico)”[4].
Si los reformadores insistieron tanto en esta doctrina no fue por simple capricho, por ir en contra del Catolicismo Romano con un argumento original, ni fue –en ningún caso–una invención de sus propios egos. La realidad es que ésta es una verdad totalmente bíblica, y pertenece a aquellas doctrinas que nos ayudan a comprender porqué la Iglesia en el Siglo XVI estaba tan alicaída, tan enferma, y la realidad de que su revitalización pasaba por la movilización de todos los creyentes. De esta manera, eso pasó a caracterizar desde entonces al Protestantismo.


Carlos Israel

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