30 de marzo de 2011

La misión en relación a la Evangelización con todo el Evangelio

Ser una iglesia con una herencia histórica característica nos compromete con el tipo de Evangelio que proclamamos. Por ello al hablar de la misión, indudablemente estamos refiriéndonos tanto al servicio como a la evangelización, aquellas “dos caras de la misma moneda” de la misión que señala Padilla[1]. La una y la otra van de la mano y no podemos separarlas al realizar la misión.


Cuando analizamos el objetivo de la misión –adorar a Dios– percibimos la innegable importancia que tiene el anunciar lo que Él demanda en Su Palabra para Su gloria. En esto consiste el Evangelio: enunciar lo maravilloso y grande que es nuestro Dios. Así, John Stott afirma lo siguiente:

“Es aquí donde debe comenzar toda verdadera evangelización. Nosotros no hemos inventado nuestro mensaje. No acudimos a la gente con nuestras propias especulaciones humanas. Más bien, somos portadores de la palabra de Dios, depositarios del evangelio de Dios mayordomos de los secretos revelados de Dios”[2].
Por lo tanto, tenemos una misión concreta que cumplir con nuestro entorno, con nuestra ciudadanía, como discípulos de Dios. Dentro de la herencia histórica del cumplimiento de la misión, una de los elementos impactantes es el amplio concepto de evangelización que la iglesia primitiva tenía. Michael Green nos muestra esta realidad, señalando:

“Uno de los hechos más notables de la historia de las religiones es el entusiasmo por evangelizar que caracterizó a los cristianos primitivos. Eran hombres y mujeres de todo rango social y edad, de todos los países del mundo conocido, tan convencidos de que habían encontrado la esencia del universo, tan seguros del único Dios verdadero que habían llegado a conocer, que nada debía impedirles transmitir a otros esas buenas nuevas”[3].
Al estudiar la iglesia primitiva se hace evidente la gran responsabilidad que había entre los primeros cristianos, de todos los segmentos sociales, de comunicar efectivamente el Evangelio y de vivir de manera consecuente con la convicción que habían abrazado:

“(…) era su responsabilidad frente a Dios, de llevar una vida coherente con la profesión que habían hecho. Llevaban su vida bajo la mirada de Dios y estaban decididos a agradarlo en todas sus acciones. La meta y objetivo de su Maestro en relación con el Padre celestial había sido «yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8.29), y ésa era también la meta de ellos”[4].
Los Cristianos del primer siglo tenían un sentido de responsabilidad importante frente a la misión de llevar el evangelio, lo cual hizo posible la dinamización de la relación entre misión y evangelización, tornándola parte integral de su comunidad.


[1] Ver p. 9
[2] John STOTT,. El cristiano Contemporáneo. pp. 56
[3] Michael GREEN,. La Evangelización en la Iglesia Primitiva. p. 417
[4] Ibíd. p. 427

1 comentarios:

Unknown dijo...

Te felicito reverendo, por el texto y por la ordenácion. Veo que te has vuelto en un teólogo del corazón y del intelecto. Que Dios te bendiga en el ministerio y que tu teologia sea marcada por la encarnación de la Palabra en tu contexto. Tal com el verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad y vimos su gloria, gloria del Unigenito del Padre, que las personas puedan ver a Cristo en usted, en su vida y ministerio.
Reciba my abrazo,
Pr. Rosther.

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