Desde el momento de la Creación, Dios estableció una manera de relacionarnos con Él. Estableció un Pacto de amor entre Él y el hombre, y a ese Pacto le siguió una historia de redención, marcada por la insistente renovación del Pacto, e incluyendo el nuevo Pacto.
En la Creación se establecen tres tipos de mandatos: (1) el mandato espiritual, presente en Génesis 2:16-17: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”; el mandato social, claramente establecido en Génesis 1:28: “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”; y el mandato cultural, que vemos en Génesis 1:26; 3:15: “...y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. Por lo tanto, el hombre tiene una responsabilidad ante Dios de manera integral, pues su relacionamiento está íntimamente ligado a todas las facetas de la vida.
Sin embargo, el hombre falló en su relacionamiento con Dios, desobedeciéndole y trasgrediendo el Pacto de gracia que Él había establecido. De esa manera, los tres mandatos se vieron profundamente afectados, y fueron distorsionados por causa del pecado que entró por la desobediencia de Adán y Eva.
En su Carta a los Romanos, Pablo nos muestra la miseria en la cual caímos cuando nos dice: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”[1]. También Pedro hace referencia a la idea en ese mismo sentido, al señalar que fuimos “…rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibimos de vuestros padres”[2].
Desde la eternidad podemos ver el plan perfecto que traza Dios para la humanidad, un plan de redención eterno que tiene el propósito de devolver al hombre la relación que fue interrumpida por la desobediencia de Adán y Eva, generando la condición de separación que impide al hombre buscar a Dios.
En Su plan soberano sobre esta situación, Dios se despoja de su propio Hijo: en Su gran amor por el hombre, Dios había determinado realizar el sacrificio supremo antes de la caída del hombre. El Hijo pagaría a Dios, personalmente, la pena por el pecado del hombre, por amor a la humanidad[3], a través de lo cual establecería un nuevo Pacto.
Este acto redentor de Jesús ha llegado históricamente hasta la iglesia y debiera ser –aunque percibimos que lamentablemente ha dejado de ser así– el centro de su vida y su misión, tal como señala Samuel Escobar:
“La mayor parte de la actividad misionera cristiana protestante durante el siglo
XIX y XX procedía de los movimientos evangélicos Cristo-céntricos
que asociamos con el pietismo y los moravos en Europa central,
y los avivamientos espirituales en el mundo de habla inglesa.
Las buenas noticias que los misioneros evangélicos proclamaban
estaban centradas en la PERSONA Y EN LA OBRA DE JESUCRISTO”[4].
Según Escobar, el mensaje principal de los misioneros estaba centrado en la obra de Jesucristo. En otras palabras, el factor motivador de la misión de la Iglesia es Jesucristo mismo.
Comentando la primera carta del apóstol Pedro, René Padilla comenta una definición de la misión de la Iglesia desde la cristocentricidad de lo cotidiano, diciendo “donde está el pueblo, allí hay misión”.
“La acción de Dios al llamar, apartar para sí, unificar y dotar a un pueblo
tiene un propósito: que el pueblo, y cada miembro individualmente,
comunique o proclame la grandeza, la excelencia, los méritos del gran
Dios que hizo todo esto para su pueblo (2:9–10). Esta es la respuesta
a su gracia y misericordia. Aquí está el principio de una definición de misión.
Dondequiera que esté el pueblo de Cristo, allí hay misión. Iglesia y misión
son dos lados de una moneda, y los dos lados son inseparables. Iglesia habla
de la comunidad cristiana reunida para comunión, enseñanza y ayuda mutua;
misión habla de la iglesia y sus miembros enviados al mundo para servir y
compartir las buenas noticias del evangelio, para la gloria de Dios.
La misión no es algo que hace la iglesia; es la iglesia en el mundo”[5].
Pedro no sólo nos devuelve la identidad, sino que además nos enseña el propósito por el cual estamos en la tierra. el Habiendo aceptado la continuidad del Pacto entre los nuevos creyentes, también llamados por Dios e igualmente sacerdotes y pueblo especial, dice: “Para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Pedro es directo y específico en la definición de la misión: nuestra tarea es proclamar las virtudes de Dios y es necesario tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos delante. En el libro “Conciencia Misionera” de Andrés Robertson, se nos indica lo siguiente:
“Es necesario que despertemos y tomemos conciencia del hecho de que no
estamos jugando a la guerra. Estamos literalmente en una verdadera lucha
espiritual por la conquista de las almas que Cristo redimió cuando dio su vida
en la cruz. Y así como Jesús se comprometió, cuando vino al mundo y murió
para salvarnos, la extensión del Reino y los beneficios de su salvación jamás se
lograrán a menos que los cristianos se conviertan en Discípulos, con mayúscula. Es
decir, no de nombre, sino aceptando y viviendo lo que significa ser un seguidor de
Jesús. Lo cual, indudablemente, implica un compromiso serio”[6].
Desde la reflexión que el apóstol Pedro y Andrés Robert nos ofrecen, podemos afirmar que cada cristiano –por ser miembro de la comunidad de fe en Jesucristo–, está dotado y motivado para ejercer la misión en su entorno diario, incluyendo trabajo, hogar y familia, entre otras, pues indistintamente cada individuo ha sido renovado y bautizado para una vida junto con Cristo. Por lo tanto, su vida ya no gira en torno a los parámetros del mundo, sino bajo los parámetros bíblicos: somos discípulos y cada persona que acepta vivir con Jesucristo también debe aceptar el compromiso de la misión.
De esa manera, podemos definir la misión de la Iglesia como el anuncio de las buenas nuevas de paz a todas las criaturas, obedeciendo al llamado de proclamar la redención en el área social y cultural, porque a través de Jesucristo somos redimidos nos sólo en nuestra dimensión espiritual. Como podemos notar, esta responsabilidad social y cultural involucra tanto a hombres como mujeres, pues la Gran Comisión fue dirigida a los hombres, las mujeres, los niños y los ancianos: todos los que son llamados hijos de Dios tienen esta responsabilidad de buscar ser fieles en la proclamación del evangelio de paz.
1. 2.2.1 La misión y la iglesia en la praxis misionera de David Trumbull
En la trayectoria de David Trumbull en Chile [1845- 1889], la misión y visión de fundar una iglesia viva llegó a ser una realidad.
Desde entonces, diversas revitalizaciones caracterizan la historia de la Iglesia Presbiteriana de Chile[7], y en esta historia se hace evidente que el compromiso con la misión y su impacto en la sociedad y la cultura es el termómetro de la vitalidad de la iglesia.
El Reverendo David Trumbull fue ministro-capellán protestante entre los marineros que llegaban a Valparaíso. Su vida y misión estuvo motivada por una fuerte convicción de su vocación misionera. Su idea de formar una congregación de chilenos tuvo grandes y destacadas repercusiones en el país, pues la fe cristiano-reformada era conocida y admirada sólo por una sector reducido en el Chile del Siglo XIX, quienes habían tenido contacto con protestantes residentes o con el protestantismo en Norteamérica y Europa.
Trumbull experimentó un total desconcierto en cuanto a Chile y la presencia protestante, pues las condiciones aún eran adversas para emprender una campaña evangelizadora. Sin embargo, el fuerte impulso de su misión lo motivó a atravesar con éxito aquellas adversas condiciones, las cuales no sólo eran hostiles para la predicación del Evangelio, sino que también denotaban un fuerte desconocimiento del mismo en todo Chile, país considerado Católico y habiendo sido evangelizado por los protestantes extranjeros residentes. En este sentido David Trumbull señala:
“Aquí la ignorancia del evangelio es dolorosamente pecaminosa y a muchos de los americanos ingleses les tiene sin cuidado el porqué de las cosas. Con la gracia de Dios comenzaré a celebrar el culto divino en tierra y espero reunir algunos de ellos para que escuchen la verdad y cuento con la ayuda de Dios para preocuparme de ello. Mi parte es trabajar, en tanto que la suya es darle crecimiento”[8].
Se hace muy evidente y llamativo que los inicios del camino que atravesó David Trumbull para evangelizar una cultura altamente pecaminosa, tal como él mismo señala, no tuvo pocas barreras y grandes dificultades. Sin embargo, podemos ver una motivación muy fuerte por cumplir con la misión que Dios le había encomendado. Humanamente hablando, la IPCH no habría existido en Chile en el siglo XIX si no hubiera sido patrocinada por un insigne siervo de Jesucristo: el Dr. David Trumbull[9].
En los inicios de su obra misionera, Trumbull inició cultos a bordo del buque “Mississippi”, que lo había traído a Chile, y durante varios meses trabajó intensamente en la predicación del Evangelio. Y yendo aún más allá, Irven Paul nos señala que su motivación por predicar no le permitió dejar pasar la oportunidad para extender la obra de Dios en el país, por lo cual teniendo ya ganada la confianza de la comunidad construyó un hogar para marinos y comenzó la visita a cárceles y hospitales[10]. Al mismo tiempo, organizaba predicaciones en hogares particulares, lo cual se conoció como “Capilla Libre N° 2” y que luego de un año se transformó en la "Iglesia Unión", con un grupo inicial de quince miembros, organizada en 1846[11].
Para el tema que tratamos en este trabajo es destacable el hecho de que David Trumbull entendió de manera magistral la realidad de que una iglesia viva no podía estar desconectada de la cultura en la cual estaba viviendo, ya que presentaba un movimiento único por el cual la misión de Dios tendría un canal objetivo de trasmisión. Trumbull estaba dispuesto a que Dios fuera glorificado en la evangelización de la cultura para la extensión del reino de Dios.
El medio que Trumbull descubrió para impactar la cultura fue el uso eficaz de la “prensa escrita", y el 27 de enero de 1847 publicó el primer número del periódico "The Neighbor", dedicado a noticias comerciales y que incluía estudios bíblicos, sermones, noticias protestantes, citaciones a las reuniones del culto y avisos de venta de biblias. El hecho de publicarse en inglés lo dejaba a cubierto de la acusación de difundir las ideas "heréticas" entre los chilenos, y aún así no pasó desapercibido: la mayoría de los empleados de las casas mercantiles de Valparaíso eran chilenos con cierta capacidad para leer el inglés. Este periódico se convirtió en una estrategia muy productiva en cuanto a la difusión del Evangelio, que marcaria la historia de Valparaíso.
También podemos notar el gran impulso que Trumbull quiso dar a la educación. Él era un ferviente convencido del valor de la educación popular, por su tradición reformada calvinista y por su formación teológica en Yale y Princeton.
“(D. Trumbull) acató el mandato bíblico (…). Desde 1851 hasta 1856, David Trumbull y Jane Fitch T. dirigieron la escuela para señoritas que iniciaría Isaac Wheelwright. Duras objeciones fueron hechas a esta escuela privada no católica por la iglesia oficial. (…) Sin embargo, el informe fue tan favorable, que dio impulso a la escuela, en la cual se educaron muchas damas prominentes de la ciudad”[12].
Trumbull tenía un conocimiento muy amplio del contexto en el cual estaban viviendo y por eso apuntó a crear una escuela para mujeres: en Chile no existían aún. Así, va a servir de inspiración al gobierno de Chile para la creación de establecimientos basados en ese sistema y dirigidos por el gobierno, sin la intervención de la Iglesia oficial. Pero no sólo establecieron esta escuela, sino que también se esforzaron por crear el colegio “The Blas Cuevas School”[13] y también la “Escuela Popular”, que actualmente se llama “Colegio David Trumbull”[14], y el “Instituto Inglés”, fundado en 1877, todo lo cual fue un interesante vehículo para el intercambio de las culturas norteamericanas y chilenas, lo que contribuyó mucho a nuestro país[15].
Asimismo, podemos ver la forma en que el Protestantismo influyó en la Ley de Cementerios Laicos, pues los existentes eran de carácter exclusivo para los católicos apostólico-romanos, creando el primer cementerio para personas disidentes del Catolicismo. Además, su participación en el debate por las libertades del ciudadano fue decisiva en los cambios a las leyes de Matrimonio Civil y Registro Civil.
Lo que más deseamos destacar de. Rev. David Trumbull es su característico espíritu de cumplir la misión de manera integral, que reflejaba la existencia de una iglesia viva capaz de acompañar el impacto en la sociedad y la cultura con la Palabra de Dios. Desde esta perspectiva había un claro llamado a glorificar a Dios y extender Su reino, confrontando al Catolicismo romano, que no reflejaba las marcas de una verdadera iglesia.
Al observar la labor realizada por Trumbull, destacándose un compromiso serio con la necesidad del hombre en todos los niveles sociales, y así también dentro del ámbito de la cultura, podemos ver la forma en que el avance de ésta fue tomando forma y fue marcando el hecho concreto del avance del reino de Dios, mostrando con claridad lo que hoy llamamos misión de Dios.
Vemos que Trumbull no se quedó tranquilo con una iglesia para congregar a unos pocos, como la mayoría de las iglesias que devenían en elitistas, sino que se propuso y logró luchar para que la Palabra de Dios fuera expuesta con claridad, confrontando con la verdad del Evangelio a la injusticia. Es de ahí que deriva el hecho notable de que Trumbull trabajara con tanto ahínco contra la injusticia que significaba la falta de educación en nuestro país y la represión a la libre expresión de las convicciones religiosas.
[1] RV60 - Romanos 1:21
[2] RV60 - 1 Pedro 1:18
[3] Ver Efesios 1:4; 3:9; 1ª Timoteo 9-10; 1ª Pedro 1:20
[4] Samuel ESCOBAR, Cómo comprender la misión, 2007, p. 134
[5] René PADILLA, Bases Bíblicas de la Misión: Perspectivas Latinoamericanas. p. 176
[6] Andrés ROBERT, Conciencia Misionera Tomo I. pp. 46.
[7] De aquí en adelante, IPCH.
[8] Paul IRVEN, Un Reformador Yanqui en Chile: Inicios del protestantismo en Chile. p. 108
[9] J.H. Mc LEAN. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. En <http://www.ipch.cl/download/mclean.pdf> [Consulta: 7 noviembre 2009]
[10] Irven PAUL, Óp. Cit. p. 109
[11] J.H Mc LEAN. Óp. Cit.
[12] Irven PAUL, Óp. Cit. pp. 117
[13] Ibíd. p. 117
[14] Ibíd. p. 122
[15] Ibíd. p. 124


Carlos Israel

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