13 de septiembre de 2010

REVITALIZACIÓN ECLESIAL Y MISIÓN: UN PANORAMA GENERAL

Capítulo i

Definición de “Revitalización de Iglesias”
    Intentar definir lo que es la revitalización de iglesias es una tarea desafiante, porque aunque utilizamos el término a diario, no manejamos un marco bíblico-teológico adecuado respecto a sus implicancias.
   En este estudio estamos considerando como revitalización de iglesias la dinamización de elementos a partir de los principios procedentes de la Palabra de Dios como el centro de la vida de la iglesia. La revitalización es la enseñanza por la cual los pertenecientes a la comunidad del Pacto ponen al servicio de Dios sus dones y buscan la comunión como elemento integrador de la comunidad cristiana y motivador de la adoración verdadera y sincera en el cuerpo de  Cristo, todo lo cual debe conducir a una evangelización integral.








Creemos que la revitalización de estos elementos produce una oxigenación de la iglesia, renovando bíblicamente la razón de ser iglesia, bajo la dinámica del Espíritu Santo, dándole sentido a su misión y al servicio del Reino de Dios.
   En su trabajo “Iglecrecimiento integral”, Juan Wagenveld nos proporciona una una descripción de lo que en este estudio denominamos “revitalización”, definiendo:

“…estudio de los principios bíblicos que conducen
 al crecimiento integral de la iglesia según los propósitos
 de Dios. Partiendo de la Biblia y usando toda disciplina 
disponible, esta materia se ocupa de discernir los factores
 internos y externos que llevan a una iglesia a crecer 
en su desarrollo cuantitativo y cualitativo. (Por “interno” 
nos referimos a todos los sistemas presentes dentro de una 
iglesia. Con “externo” indicamos el contexto o medio
 ambiente en que se halla la iglesia local. Por “cuantitativo” 
nos referimos a las cantidades de personas y por 
“cualitativo” a la calidad)”[1].

  De esta manera, la revitalización de iglesias tiene como fundamento la articulación de las verdades eclesiales reveladas en la Biblia. Por consiguiente, hasta que no haya una articulación de un modelo bíblico-eclesiológico, no podrá existir una renovación bíblica de la iglesia local como cuerpo de Cristo.

1.2 Definiendo el concepto de “misión de la Iglesia”

  Podemos decir que el concepto de misión hoy en día se ha distorsionado mucho: cada vez que hablamos de misión lo relacionamos sólo con las labores evangelísticas en el extranjero o con el evangelismo personal, pero difícilmente la identificamos con una verdadera misión de iglesia, con la relación “Dios–mundo” o “Iglesia–misión”.
  Bosch nos brinda un cambio de enfoque en la cuestión misional, al señalar:

“La iglesia no podía ser ni el punto de partida 
ni el objetivo de la misión. La obra salvífica de 
Dios procede tanto de la iglesia como de la misión. 
No podemos subordinarla misión a la iglesia ni 
la iglesia a la misión; más bien, ambas deben ser
 incluidas en la Missio Dei. La iglesia ya no es 
una identidad que envía, sino la enviada”[2].

  Así, no debemos concebir la misión como el envío de agentes a otras culturas. La misión es fundamentalmente el ir, cotidianamente, como personas que dentro de nuestro propio contexto se unen a la Missio Dei.
  Es por eso que identificamos en la misión de tres aspectos: (1) Misión en relación a un sentido amplio de la Adoración, dentro del objetivo de la gloria de Dios, (2) Misión en relación al Pacto, como historia de la redención, y (3) La misión en relación a la proclamación de todo el Evangelio, como anuncio del reino de Dios.

1.2.1 Misión en relación a un sentido amplio de la Adoración.

  Al hablar de “adoradores” necesariamente nos estamos refiriendo a personas que han sido alcanzadas y elegidas para una relación con el Padre; por lo tanto, junto con la adoración nos encontramos con los que son llamados a convocar a la adoración a las naciones[3], refiriéndonos a la comunidad del Pacto que tiene una íntima relación con la misión.
  Lo primero que debemos considerar con respecto a la misión es lo que John Piper ha definido como la meta principal en la obra misionera:

“La obra misionera no es la meta final de la iglesia. 
Lo es la adoración. Las misiones existen porque la
 adoración no existe. La adoración es absoluta, 
no así las misiones, porque Dios es la medida final de
 todas las cosas, no el hombre. Cuando termine esta
 era y los incontables millones de redimidos doblen
 su rodilla ante el trono de Dios las misiones se 
acabarán. La obra misionera es una necesidad temporal. 
Pero la adoración permanece para siempre”[4].

  La evidente verdad que Piper señala es que toda nuestra vida debe primeramente ser envuelta en una relación estrecha con nuestro Padre celestial, lo cual se define como una vida de adoración. Sin embargo, esta vida de adoración no debe entenderse sólo como “culto” o como “liturgia”, donde podemos ver de manera más evidente la adoración, sino que el concepto es mucho más amplio de lo que imaginamos: cuando hablamos de adoración hablamos de una convergencia de la integralidad del ser humano hacia la exaltación de Dios, por medio de todas las esferas en las cuales se desenvuelve y no de áreas especificas. Toda nuestra vida en completa rendición a Dios es una evidente realidad que no se extrae del planteamiento de John Piper en sí, sino que es una verdad relevante en el concepto de la misión que el propio Dios demanda, tal como Pablo nos muestra en Efesios:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor 
Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición 
espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según 
nos escogió en él antes de la fundación del mundo,
 para que fuésemos santos y sin mancha delante 
de él, en amor habiéndonos predestinado para ser 
adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según 
el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la 
gloria de su gracia, con la cual nos hizo acepto en el Amado”[5].

  Es muy interesante percibir que en este capítulo Pablo repite tres veces la frase “para alabanza de su gloria” [6], dando un realce importante a la idea planteada de que todas las cosas que deben glorificar a Dios. La intensión de Pablo era marcar de manera destacada la función principal de nuestras vidas en el concepto más amplio de la adoración: todo lo que hacemos debe apuntar a glorificar a Dios.
  De la misma manera, los Salmos nos invitan constantemente a la adoración del Señor:
  • Los que teméis al SEÑOR, por siempre. Alabadle; descendencia toda de Jacob, glorificadle, temedle, descendencia toda de Israel.” (Salmo 22:23).
  • Para que mi alma te cante alabanzas y no esté callada. Oh SEÑOR, Dios mío, te alabaré por siempre” (Salmo 30:12).
  •  “En la gran congregación te daré gracias; entre mucha gente te alabaré” (Salmo 35:18).
  • “¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia” (Salmo 42:5).
  • “Te alabaré entre los pueblos, SEÑOR; te cantaré alabanzas entre las naciones. Porque grande, por encima de los cielos, es tu misericordia; y hasta el firmamento tu verdad” (Salmo 108:3-4).
  •  “Con mi boca daré abundantes gracias al SEÑOR, y en medio de la multitud le alabaré” (Salmo 109:30)”.
  Constantemente podemos ver en los Salmos esta invitación a la adoración del Padre celestial, pero es interesante notar que muchos de los Salmos apuntan a una adoración pública. Este concepto es destacable debido a que muchas veces pensamos la adoración sólo en una dimensión personal y secreta, siendo que la Biblia nos demanda ambas perspectivas. Un claro ejemplo de ello es el Salmo 148, donde podemos encontrar una demanda integral de adoración, que marca la agenda de la misión.

“Alabad a Jehová desde los cielos; Alabadle en las alturas.
Alabadle, vosotros todos sus ángeles; Alabadle, vosotros todos sus ejércitos. Alabadle, sol y luna; Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas. Alabadle, cielos de los cielos, Y las aguas (…) Alabad a Jehová desde la tierra, Los monstruos marinos y todos los abismos; El fuego y el granizo, la nieve y el vapor, El viento de tempestad que ejecuta su palabra;
Los montes y todos los collados, El árbol de fruto y todos los cedros; La bestia y todo animal, Reptiles y volátiles; Los reyes de la tierra y todos los pueblos, Los príncipes y todos los jueces de la tierra; Los jóvenes y también las doncellas, Los ancianos y los niños. Alaben el nombre de Jehová, (…) Alábenle todos sus santos, los hijos de Israel, El pueblo a él cercano. Aleluya”[7].

  La demanda de adorar no es menor en la Biblia. En ella podemos ver cómo Dios exige y regula Su adoración, dándonos mandatos muy claros debido a que ocupa siempre un papel importante en nuestro peregrinaje. Asimismo, es destacada en el Catecismo Menor –obra de la Asamblea de Westminster, realizada en Inglaterra entre 1643-1649 y autora también de la de la Confesión de Fe de Westminster[8]–, que comienza haciendo la pregunta: ¿Cuál es el fin principal del Hombre?, y respondiendo: “Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”. Por lo tanto, entendemos con claridad que nuestra primordial tarea como cristianos está abocada a la adoración.
 Desde esta premisa podemos ver cómo la adoración es un motor en la misión de la iglesia, y eso es precisamente lo que Roger Greenway propone como un “motivo correcto para la misiones”, al señalar:

“La gloria de Dios alude a todo lo que Dios revela de sí 
mismo: su nombre, su santidad, su grandioso poder, su 
amor salvador en Jesucristo, su misericordia, su gracia 
y su justicia. El propósito primordial de toda existencia
 humana, afirma la primera clausula del Catecismo Breve 
de Westminster, una Confesión de Fe histórica de las 
iglesias presbiterianas, es dar la gloria a Dios 
y disfrutar de Él para siempre”[9].

  Esta perspectiva es importante porque un hombre hablará de lo que está lleno su corazón. Cuando está lleno del anhelo y propósito de glorificar a Dios, naturalmente la demanda de proclamar el Evangelio no será una carga, sino más bien su proclamación estará impregnada en toda su vida cotidiana, en las decisiones más importantes y en las más superficiales: todo apuntará a la gloria de Dios y por ende su testimonio no dará lugar a dudas respecto a su convicción de amor a Dios.

“Si a la búsqueda de la gloria de Dios no se le da 
prioridad sobre la búsqueda del bien del hombre (en los 
sentimientos del corazón) y sobre las prioridades de la iglesia,
el hombre no será bien servido y Dios no será debidamente
 honrado. No estoy abogando que las misiones mengüen,
 sino que Dios se magnifique. Cuando la llama de la adoración
 arde con el calor del verdadero valor de Dios, la luz de las 
misiones brillará a los pueblos más lejanos de la tierra. 
¡Y anhelo que ese día llegue pronto!”[10]

  La CFW nos desafía a vivir nuestra adoración a Dios en todas las facetas de nuestra vida, señalando:

“Ahora bajo el Evangelio, ni la oración ni ninguna otra 
parte de la adoración religiosa están limitados a un lugar, 
ni son más aceptables por el lugar en que se realizan, o 
hacia el cual se dirigen; (1) sino que Dios ha de ser adorado
 en todas partes (2) en espíritu y en verdad; (3) tanto en lo 
privado en las en las familias (4) diariamente, (5) y en
 secreto cada uno por sí mismo; (6) así como de una manera
 más solemne en las reuniones públicas, las cuales no han de
 descuidarse ni abandonarse voluntariamente o por 
negligencia, cuando Dios por su palabra 
y providencia nos llama a ellas”[11].

  Por lo tanto, y bajo la premisa que nos entrega la CFW, nuestra adoración a Dios se convierte en un vehículo en nuestra misión de mostrar al mundo el evangelio de Dios. La Confesión nos señala que la adoración no está restringida a un lugar físico, sino que muestra la realidad de que toda nuestra vida debe girar en torno a la gloria de Dios; que nuestra vida, nuestras actitudes, nuestras relaciones sociales, nuestro comportamiento en el lugar de trabajo, todo es un momento para glorificar a Dios.
  De la misma forma, es importante notar que la CFW no sigue a las Escrituras en el concepto de adoración tal como lo sigue Calvino, quien dice entender por adoración, “la veneración y el culto que cada uno de nosotros le da cuando se somete a su grandeza; y por ello y no sin razón, pongo como una parte de la misma someter nuestras conciencias a su ley”[12]A diferencia de ello, la CFW plantea un límite dejando de lado la adoración en la creación, y este punto es importante ya que muestra una pequeña diferencia de la CFW en su interpretación de las Escrituras. A nuestro parecer, la Biblia es clara y por ello cuando hablamos de adoración lo hacemos en el sentido más amplio de su concepto.



[1] Juan WAGENVELD,  Iglecrecimiento Integral: hacia una iglesia de impacto, pp. 20-21
[2] David BOSCH,  Misión en Trasformación: cambios de paradigmas en la misión. p. 454
[3] Ver Sal. 66:4, 89:9;  1 Co. 14:25; He. 1:6
[4] John PIPER, ¡Alégrense las naciones! la supremacía de Dios en las misiones, p.192
[5] RV60 - Efesios 1:3-6, Cursivas por el autor
[6] Ver Efesios 1:6; 12 y 14
[7] Ver Salmo 148:1-14
[8] De aquí en adelante, CFW.
[9] Roger S. GREENWAY, ¡Vayan y hagan Discípulos!: Una introducción a las misiones cristianas. pp.31
[10] John PIPER, Óp. Cit. p. 10
[11] CFW, C, XXI, I - VI
[12] Juan CALVINO. Institución de la Religión Cristiana. L. II. C.VIII.16, pp.273

0 comentarios:

Publicar un comentario

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More

 
Design by Free WordPress Themes | Bloggerized by Lasantha - Premium Blogger Themes | Macys Printable Coupons